En verano, el sol calienta el tejado durante horas, y el desván que hay justo debajo se convierte en un espacio caliente y cerrado. El aire se queda quieto, se carga de polvo y de olor a cartón, a tela y a madera, y cuando subes a buscar algo, notas enseguida que el ambiente está pesado. Con unos hábitos sencillos, se puede mantener más fresco y agradable.
La clave es ventilar en el momento adecuado. Durante el día, cuando el sol está más fuerte, conviene mantener cerradas las ventanas o las trampillas del desván para no dejar entrar el aire caliente del exterior. Ábrelas por la noche o a primera hora de la mañana, cuando el aire de fuera está más fresco, y déjalas abiertas un buen rato para que el aire caliente que se acumuló salga por arriba.
Si el desván tiene dos aberturas, abre una en cada lado para crear una corriente de aire que atraviese todo el espacio. Si solo tiene una, abre también la puerta que da a la escalera. No dejes las ventanas abiertas si hay riesgo de lluvia o de mucho viento.
Guardar las cosas con cabeza
Coloca las cosas en cajas con tapa, y no directamente sobre el suelo, sino sobre tablas, estantes o palés que dejen pasar el aire por debajo. Deja algo de espacio entre las cajas y las paredes, sobre todo en la parte que más calienta el sol. La ropa y las mantas se conservan mejor en bolsas de tela que en bolsas de plástico cerradas, donde el aire no circula.
Nunca guardes nada que esté húmedo, ni comida ni papeles mojados. Deja que todo se seque bien antes de subirlo. De vez en cuando, sube, abre algunas cajas y comprueba que todo sigue en buen estado y que no hay olor raro.
Barre el suelo y quita el polvo de las estanterías al menos una vez al año, con el desván bien ventilado. Un desván ordenado y con aire fresco no solo huele mejor, sino que se puede usar con más comodidad.