Hay algo especial en la ropa que se ha secado fuera, al aire libre. Las sábanas huelen a limpio, las toallas a fresco, y la ropa tiene una suavidad que la secadora no acaba de dar. No hace falta ningún producto perfumado: el aire y la luz hacen el trabajo solos. Con unos cuantos hábitos, se aprovecha mejor todavía.
Antes de tender, sacude cada prenda con energía. Así se quitan las arrugas más marcadas y las fibras se sueltan, de modo que el aire penetra mejor. Extiende la ropa sin apretarla en el tendedero, dejando espacio entre las piezas para que circule el aire. Las sábanas y las toallas grandes se secan mejor si las cuelgas de forma que queden abiertas y no dobladas por la mitad.
Con la ropa de color y las prendas oscuras, es mejor darles la vuelta y tenderlas a la sombra o con poco sol directo, porque el sol intenso puede descolorarlas. La ropa blanca, en cambio, agradece la luz. Las sábanas y las toallas soportan bien el sol, y el viento las deja mucho más suaves que un secado con calor artificial.
Recoger a tiempo
Recoge la ropa en cuanto esté seca, antes de que anochezca o de que suba la humedad de la tarde. Una prenda que pasa la noche fuera puede volver a absorber humedad y oler a cerrado. Si el cielo se cubre de repente, mete todo dentro sin esperar, y termina de secarlo en un lugar ventilado de casa.
Mira dónde tiendes. Si el tendedero está cerca de una carretera muy transitada, de una barbacoa o de una chimenea, la ropa puede coger olor a humo o a tráfico. Tampoco conviene tender bajo un árbol que suelte polen o resina. Escoge un rincón despejado, con buen aire y algo de sol.
Si vives en un piso sin terraza, un tendedero junto a una ventana abierta también sirve. Lo importante es que la ropa se seque rápido y con aire moviéndose a su alrededor. Guárdala solo cuando esté completamente seca, y el armario olerá a limpio mucho más tiempo. Dobla las prendas todavía tibias por el aire, no las dejes amontonadas en una cesta, y verás que apenas necesitan plancha.